domingo, 12 de mayo de 2013

Adiós, Romeo.


Con el nivel adecuado de hidropónico, 
y casi al final del corte de la vena derecha de mi muñeca izquierda, 
muy al norte del lado frío de mi mente, 
¿sabes? 

Pero no andes por las curvas de mis caderas,
–Sácame a bailar que esta noche es la última que bailo contigo, y la primera.- 

Y me pisó los pies el muy cabrón, 
para ser la primera vez que no bailaba, me hizo un tango en la cabeza, 
por creer que me quería. 

Los compases sonaban a versos que no encajan, 
ya sabes de lo que hablo. 

Pero es que,
me hizo un balcón y me llamó Julieta, 
y mis besos se tiraban por él, 
por él se tiraron mis besos. 


Su cama,
olía a silencio, 
a placer, 
a lágrimas de días anteriores que ella había dejado que se derramaran ahí, 
y yo ingenua, 
quise ponerme su perfume para salir de etiqueta,
y acabar borracha en cualquier escalón que no fuera el de la escalera de sus costillas.
Para poder odiarle y no creer que el único camino que sigo es el de mi sangre desde ese filo de tus ojos del que tanto hablabas cuando
eso
cuando hablabamos.
Pero tú sabías que el final nunca es eterno y que lo eterno nunca tiene final, pero dijiste adiós, 
y significaba hasta pronto,
pero yo dije hasta pronto y no significó nada.