lunes, 23 de septiembre de 2013

Y al final los tacones rojos se quedaron en el armario y la sonrisa, me la dibujaron.

Quizá si me hubiese puesto los tacones rojos
y me hubiese pintado una sonrisa aquel día,
podría haberme sentido más alta que el mundo,
pero no estabas allí,
y no tenía sentido ponerme guapa,
tú que me habías visto desnuda en 3 o 4 amaneceres,
que me habías visto romperme
y recomponerme en segundos,
que habías visto como se desvanecía el suelo que pisaba mi vida al mismo tiempo que andaba yo,
con las Converses destrozadas del concierto de la noche anterior.
Esa noche tú ni si quiera me conocías,
esa noche yo no sabía quien eras,
porque te ibas, y parecías arrastrar mi 'nada',
porque tu tienes/tenías todo y eso fue lo que quedaba de mi,
y quisiste llevártelo para adornar tu dolor,
y esa noche llovía en Hellín, en todas las calles de mi habitación,
Y pensé en tirar la toalla y no pude, la fuerza me ganó
Tenía demasiadas cosas a mi alrededor que me recordaban a tí.
Quizás si me hubiese puesto los tacones rojos
y me hubiese pintado una sonrisa aquel día,
podría haberme sentido más alta que tú,
pero no estabas allí,
y no tenía sentido que me vieras feliz,
por que no lo estaba y nunca se me dió bien mentir.
Y al día siguiente no sabes que resaca,
vomitando orgullo a 'punta pala',
pero estabas aquí,
y me puse las Converses,
que seguían destrozadas,
pero ese día estaban más bonitas,
por que eras tú quien las miraba.

domingo, 12 de mayo de 2013

Adiós, Romeo.


Con el nivel adecuado de hidropónico, 
y casi al final del corte de la vena derecha de mi muñeca izquierda, 
muy al norte del lado frío de mi mente, 
¿sabes? 

Pero no andes por las curvas de mis caderas,
–Sácame a bailar que esta noche es la última que bailo contigo, y la primera.- 

Y me pisó los pies el muy cabrón, 
para ser la primera vez que no bailaba, me hizo un tango en la cabeza, 
por creer que me quería. 

Los compases sonaban a versos que no encajan, 
ya sabes de lo que hablo. 

Pero es que,
me hizo un balcón y me llamó Julieta, 
y mis besos se tiraban por él, 
por él se tiraron mis besos. 


Su cama,
olía a silencio, 
a placer, 
a lágrimas de días anteriores que ella había dejado que se derramaran ahí, 
y yo ingenua, 
quise ponerme su perfume para salir de etiqueta,
y acabar borracha en cualquier escalón que no fuera el de la escalera de sus costillas.
Para poder odiarle y no creer que el único camino que sigo es el de mi sangre desde ese filo de tus ojos del que tanto hablabas cuando
eso
cuando hablabamos.
Pero tú sabías que el final nunca es eterno y que lo eterno nunca tiene final, pero dijiste adiós, 
y significaba hasta pronto,
pero yo dije hasta pronto y no significó nada.