miércoles, 6 de mayo de 2015

Mamá.

Eres reina de este imperio que tanto te ha costado levantar,
eres flor de un día
y otro,
y otro 
porque todos los días llevas el sol abrigando tu piel,
y cuando lloras 
lo haces a sabiendas de que te hará crecer.

Amaneces con el primer atisbo de luz
-o el primer atisbo de luz amanece contigo- 
y mientras todos duermen,
preparas el primer café de la mañana mientras repasas una lista imaginaria de cosas que no te dará tiempo a hacer.

Vistes el uniforme con tu cuerpo,
y deshaces la selva de tu pelo,
te lavas el sueño de la cara
y recubres tus pestañas con mascarilla de ojos 
para disimular la inquietud que desprende a veces tu mirada.

Cuando acechas la hora de irte,
sales volando como una golondrina sale de su nido en busca de algo con lo que alimentar a sus crías. 

Escondes cien batallas vencidas
en cada pliegue de la superficie de tu rostro,
llevas el esfuerzo tatuado en tus manos 
el peso a la espalda de muchos años y daños.

Gobiernas mi vida con libertad
y abrazas con cariño mi camino
te conviertes en impulso
cuando me estanco
y en revolución cuando me equivoco.


Eres mujer que pisa fuerte,
y acaricia suave,
eres escudo
y terciopelo
eres vida
eres paz
eres hogar
y mi casa.

Eres el holor a cesped recien cortado,
eres paracaídas,
eres abrigo
y calor.

Eres colirio a mis ojos cuando no veo con claridad,
eres el verbo aprender
y estación primavera.

Eres lo que jamás nadie podra ser,
porque madre solo hay una,
y a ti mamá,
a ti hay que felicitarte todos los días.